Un Diciembre en Medellín

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En casi 8 años que llevo viviendo en Medellín es la primera vez que me quedo a pasar un diciembre. Mientras estuve estudiando no esperaba ni siquiera salir de finales para subirme en bus con rumbo directo a mi Barranquilla. La familia, los amigos, la brisa, la comida y la música eran factores que me obligaban a partir sin dolor alguno; dejando acá invitaciones de nuevos amigos que querían que pasara una de las fechas decembrinas al lado de ellos.

Este año ha sido diferente, por cuestiones laborales no voy a poder viajar a mi curramba si no casi entrado enero, y debido a esto pasar casi todo diciembre al lado de paisas, sus costumbres, sus buñuelos y natillas.

Pero he pillado algo extraño en ellos, me imagino que nadie se había dado cuenta por que todo extranjero viaja por estas fechas a estar en su tierra, pero parece ser que yo soy el único foráneo acá y he descubierto su gran secreto: esta gente se transforma en diciembre! Todo el “empuje”, todo el “perrenque”, toda esa “garra paisa” en diciembre se esfuma, desaparece por completo y se convierte en rumba, parranda, tomadera y pernicia. Y tanto que me la montan a mi, que por ser costeño, se supone que me las paso en esas. Su esperado “Bebiembre” hace estragos en su cultura “pujante”, rindiéndole culto a la FLA (Fábrica de Licores de Antioquia) y al sancocho quita guayabo en mitad de la calle.

Desde el 25 de noviembre mi teléfono comenzó a sonar, recibiendo invitaciones de amigos que tenían listo su asadito o frijolada para recibir diciembre, porque aquí se le hace fiesta de bienvenida a diciembre, y claro terminaban todos diciendo: -la cuota es $10.000, pero no va incluido el trago, acá recogemos pa’l guaro! Y a la final la cuota resulto siendo $30.000. A los paisas se les llena el estomago fácil, pero entre su garganta y su hígado arruinan a cualquiera. No es que me esté quejando ni nada de eso, si no que yo siendo un costeño en tierra montañera, me tengo que aguantar durante 11 meses chistes pendejos y racistas sobre nuestra “conocida” flojera y ganas de “mamar” ron todo el tiempo. Todo para saber que durante un mes completo en Medellín no se hace nada si no emular nuestra “mala” fama hasta al nivel de superarla.

Son muchas las costumbres que difieren a las que estoy acostumbrado a ver. Aquí descubrí lo que es una marranada. En mi léxico una marranada es cuando alguien lo usan de “marrano” en un negocio y lo terminan tumbando. Una marranada paisa consiste en tomar y bailar al lado de un cerdo amarrado a un poste desde las 10 de la mañana hasta entrada la madrugada, el pobre marrano tiene que aguantarse todo un día de música carrilera, de Los 50 de Joselito y uno que otro borracho que lo obliga a tomarse un guarito con él, todo esto hasta cuando el invitado más atiborrado de alcohol se colma de valor y se enfrenta en una lucha a muerte contra el desahuciado puerco. Aquí comienza lo bueno, el pobre animal se deja sacrificar para satisfacer el apetito de los comensales que no dejan desperdiciar nada, mientras alguien va cortando la carne para asarla o fritarla, otro va haciendo morcilla o chorizo y lo que sobra es utilizado para los frijoles con garras del día siguiente para pasar la maluquera. Toda una oda a los omnívoros como yo.

Con lo que no he podido es con la prendida de las velitas el 7 de diciembre. Yo estoy acostumbrado a prenderlas en la madrugada y esperar los primeros rayos del sol del 8 al lado de ellas, para luego disfrutar de un buen desayuno. No hubo un día que me hiciera mas falta mi Quilla que el día que vi con dolor que aquí las velitas se prenden a las 7 de la noche y que a las 10 ya está media ciudad dormida. Ese día se me salio el costeño y aunque no encontré nadie con quien hacer algo, me quede sólo en mi casa oyendo al Joe Arroyo y a Rafael Orozco hasta las 6 de la mañana, lo que más me dolió fue reemplazar la arepa de huevo por una arepa paisa con quesito.